Más que una Oración

Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”
Mateo 7:7-8

Jesús les enseñaba a orar diferente...

Para los discípulos, la oración era aquella actividad que tenían que cumplir como buenos y piadosos judíos. Se habían acostumbrado a una vida de oración marcada por las repeticiones sin sentido y las fórmulas sin resultado. Jesús los introduce a un nuevo paradigma. Les enseña que orar es más que decir palabras: es un proceso de transformación.

Casi todos nosotros estamos acostumbrados a ver la oración como una transacción de negocios. Yo pido, Dios da; yo hablo, Dios escucha; yo informo, Dios anota. Cuando lo vemos de esa manera, nuestras oraciones se convierten en un requisito que debemos cumplir... en la pequeña cuota que pagamos para que Dios esté contento con nosotros y nos de lo que pedimos.

Sin embargo, esa no es la manera en que Jesús modelaba y enseñaba la oración. Para Jesús, la oración era el proceso en el cual nuestro corazón era transformado hasta amoldarse a la voluntad del Padre. "Pidan, busquen, toquen." Cada una de estas actividades requiere paciencia y espera. Requiere desarrollar la virtud de la perseverancia.

La perseverancia representa todo lo opuesto de la cultura en que vivimos. En una época donde se nos garantiza la rapidez—la comida rápida, el envío expreso, la gratificación instantánea—pasar más de unos minutos esperando e insistiendo nos parece injusto. Sin embargo, para conocer la obra de Dios en nosotros, y para comprender más profundamente su voluntad, debemos aprender a perseverar.

El resultado de la perseverancia no es recibir todo lo que pedimos, sino la bendición de un corazón transformado. ¿Qué tan importante es tu deseo de conocer a Dios? ¿Merece más de tu tiempo, de tus días, de tu vida? Acércate en oración este día. "Padre, enséñame a perserverar. Enséñame la virtud de permanecer en ti sin esperar otra cosa que un corazón transformado."