La Lucha Contra el Mundo

Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida— proviene del Padre sino del mundo. 1 Juan 2.16

A los cristianos nos gusta hacer la distinción entre nosotros y el mundo. Nos gusta la separación que existe entre uno y otro, entre lo santo y lo profano. Lo que no hacemos muy bien es lidiar con el conflicto que crea esta distinción. A veces olvidamos que verdaderamente estamos en lucha contra el mundo y sus deseos. Escogemos con mucha facilidad nuestras batallas y nos rendimos ante los placeres que nos parecen inofensivos.

El mundo y su sistema deben representar un serio conflicto para el discípulo fiel. No podemos permitirnos caer en el engaño de los falsos placeres que este nos ofrece: el engaño de las riquezas, la falsa seguridad, la gracia barata. Estamos en una lucha constante en contra las fuerzas que operan en este mundo.

El mundo y su sistema deben representar un serio conflicto para el discípulo fiel.

Desafortunadamente, muchos cristianos ya no experimentan la tensión de un mundo ajeno a Dios. Sus conciencias y sentimientos se han cauterizado con el tiempo y una vida de descuido. El mundo no representa un peligro para ellos... ya no es un enemigo, sino un compañero que familiarmente los acompaña a diario. Juan nos advierte que "nada de lo que hay en el mundo proviene del Padre."

¿Que debo hacer entonces? Primero que nada, debo acercarme a Dios con un corazón penitente, con una actitud de arrepentimiento. Debo pedirle que me permita ver el pecado y sus consecuencias por lo que realmente son y que me de la gracia para alejarme de ellas. Si no lo siento, debo buscar encontrar esa tensión santificada que debe ser parte de la vida de cualquiera que ama a Dios.

“Señor, enséñame una vez más a vivir en conflicto con el mundo y sus placeres.”