¿Quién pecó? ¿Este o sus padres?

A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: —Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? —Ni él pecó, ni sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida. Juan 9.1-3

Para Jesús, las personas no somos objeto de debate teológico o filosófico, somos objetos de su misericordia. Por cada acto de maldad que hay en el mundo, cada sufrimiento, cada pregunta sin responder, hay miles de actos de misericordia de parte de Dios.

La misericordia de Dios es uno de sus atributos que más damos por hecho y menos valoramos. Hay maldad en el mundo, hay crimen y corrupción, hay gente enferma, hay niños que nacen con problemas mentales, hay muerte y dolor y sufrimiento. Y todas estas cosas nos hacen olvidarnos de su misericordia; incluso nos preguntamos por qué, si Dios es tan bueno, ocurren tantas cosas malas.

Pero lo que Dios nos ofrece en los momentos difíciles no es una respuesta lógica a nuestras preguntas, sino su compañía. Nos ofrece caminar a nuestro lado y sostenernos. Nos ofrece su misericordia con su presencia y nos recuerda que el mismo Dios que creo lo cielos y la tierra tiene compasión por nosotros. Las palabras del salmista toman un sentido muy especial al enfrentar la prueba: "¿De dónde viene mi ayuda? ¡Del Señor que hizo los cielos y la tierra!" (Sal 121).