Pagando el Precio

—¡Ve! —insistió el Señor—, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre. Hechos 9.15-16

Si deseamos que Dios le de una nueva dirección a nuestras vidas es necesario que estemos dispuestos a pagar el precio. Aquí debemos hacernos dos preguntas importantes: ¿Vale la pena pagar el precio? ¿Estamos dispuestos a hacerlo?

La primera respuesta es más fácil de responder. Tendríamos que ser demasiado egoístas para no darnos cuenta que Jesús vale la pena. Sus promesas de salvación, de vida eterna, de poder y victoria; la certeza de su presencia en medio de la prueba, su fortaleza en el sufrimiento, su obra aun en medio de nuestras limitaciones e incluso de nuestro pecado. Todo esto es menos que un destello de su verdadera gloria. ¡Jesús vale la pena!

Pero la segunda pregunta es mucho más difícil. Y lo es porque aunque algo valga la pena no quiere decir que estemos dispuestos a pagar por ello. Esa es una decisión que descansa en el corazón de cada persona. Responderla equivale no solo a decir que queremos pagar el precio y que Cristo vale la pena. Con ello estamos clamando—en desesperación, en angustia, en necesidad—que deseamos que Dios cambie nuestros rumbo.