En los valles de la vida

—Vengan a desayunar —les dijo Jesús. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio a ellos, e hizo lo mismo con el pescado. Juan 21.12-13

Dios es experto en encontrarnos en nuestros puntos más bajos. A veces pensamos que es en nuestros mejores momentos cuando más conocemos de Dios, pero una constante en la vida es que nuestra relación con él se fortalece en nuestros peores momentos.

A veces creemos que una relación vibrante con Dios ocurre solo cuando estamos en la cima de la montaña. Si algo nos enseña la experiencia es que raramente estamos en la cima de la montaña. ¡Hay más valles en nuestra geografía que cualquier otra cosa! Y pasamos la mayor parte del tiempo en batallando con la subida que sentados en el tope.

Pero es en esos valles—en esas noches oscuras del alma—cuando nuestra relación con Dios toma un rumbo diferente. Y no es tanto por lo que nosotros hagamos durante esos momentos, sino por lo que él hace. El Señor se acerca a nosotros más en nuestra debilidad que en nuestra fortaleza.

Dios prepara cuidadosamente los momentos, los lugares, las circunstancias. Extiende el velo, abre la puerta, se revela, te muestra. Ahí está tu barca, tu mar, tus peces, tu fogata. Cada lugar en donde te has encontrado con él está presente, y te dice: “¿Te acuerdas de todo esto? En ningún momento has estado solo?”