Dios en lo Cotidiano

Un día en que Moisés estaba cuidando el rebaño de Jetro, su suegro, que era sacerdote de Madián, llevó las ovejas hasta el otro extremo del desierto y llegó a Horeb, la montaña de Dios. Éxodo 3.1

Dios nos encuentra en lo cotidiano —en las tareas diarias, en la rutina de la vida— en el ir y venir de nuestros días. Si prestamos atención podremos tener comunión con él aun haciendo las cosas más simples.

Moisés se había acostumbrado a su nueva vida. Atrás habían quedado los lujos del palacio de faraón, los roces con la elite, los deleites temporales de Egipto. Ahora su trabajo consistía en pastorear unas torpes cabras y ovejas. Algo tan cotidiano para él iba a ser la puerta para el primer encuentro con Dios.

Y ocurre así también con nosotros. Enfrascados en nuestra rutina diaria, prestamos poca atención a la comunión con Dios. Nos levantamos temprano e iniciamos el día sabiendo que en un abrir y cerrar de ojos estaremos de regreso en la cama tratando de dormir. Y es ahí, en las cosas cotidianas donde Dios quiere encontrarse con nosotros.

No es necesario dejar todo para tener comunión con Dios... es necesario prestar atención. Sus insinuaciones divinas están por cualquier lado: el amanecer, la sonrisa de un niño, el aire que respiramos. Cada momento es una invitación para la comunión con nuestro Dios.