¿Quién ama más?

Dos hombres le debían dinero a cierto prestamista. Uno le debía quinientas monedas de plata, y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. Ahora bien, ¿cuál de los dos lo amará más? Lucas 7.41-42

Muchas veces olvidamos de dónde nos rescató el Señor. Nos consideramos mejores que aquellos que todavía no le conocen y permitimos que los prejuicios llenen nuestro corazón.

Es hermoso recordar que Cristo nos ha redimido. Es importante reconocer que ya no pertenecemos más al mundo porque hemos sido lavados con la sangre de Cristo; somos diferentes, somos salvos. Pero ha medida que pasa el tiempo empezamos a olvidar lo que un día fuimos y caemos en la trampa de creer que Dios nos salvó porque éramos mejores (o somos mejores) que otros.

Simón se cree digno de que Jesús esté en su casa, sentado a su mesa, comiendo su comida (aunque en verdad le ha faltado al respeto), pero la mujer no es digna ni de un toque de su mano. El Señor le recuerda con una parábola que ambos fueron perdonados, pero solo uno de ellos valora el perdón. Aquel que cree que Dios le ha perdonado poco, tendrá un amor muy limitado hacia él y hacia los demás.

Los prejuicios se forman cuando nos sentimos dignos de que Dios nos haya rescatado, pero no creemos que otros lo sean. Precondicionamos nuestro amor hacia otros, pero también queremos precondicionar el amor de Dios. Queremos que Jesús sea amigo de los que son como nosotros y enemigo de los que nos contradicen.

Cristo nos recuerda que su perdón es igual para todos. Que en el momento de alcanzarnos todos estábamos muertos. Que nunca olvidemos de dónde nos rescató el Señor para que podamos aceptar a otros y mostrarles la gracia que una vez fue derramada en nuestras vidas.