Junto a sus Pies

Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume. Lucas 7:38

Los prejuicios que tenemos contra nosotros mismos o los que otros tienen contra nosotros se resuelven todos en el mismo lugar: a los pies de Cristo. Y se resuelven todos de la misma forma: derramando nuestra vida ante él.

La mujer tiene fama de pecadora. En el pueblo todos la conocen por esa razón. No hay lugar a donde vaya o persona con la que se encuentre que no la vea a través de la etiqueta que su pecado le ha puesto. Sufre el rechazo de la sociedad, el rechazo de la religión; pero más profundo es el rechazo que siente por ella misma.

Esta mujer se hace la pregunta que toda persona que ha sufrido los prejuicios y el desprecio se hace: ¿Soy digno de que alguien me ame, de que alguien me perdone? Si el prejuicioso precondiciona el amor a otros por su apariencia o asociación con alguna cosa, el que sufre de prejuicios precondiciona el perdón por su aparente falta de dignidad; y muchas veces no acepta ser perdonado por Dios y por otros porque no puede perdonarse a sí mismo.

Sin embargo, todos los prejuicios, todos los rechazos, todas las faltas encuentran su respuesta final a los pies de Cristo. Es ahí—con el corazón derramado como un perfume—donde el ser humano conoce su valor y dignidad y donde todos los rechazos del mundo son eliminados por el abrazo de Cristo.