Fe Real para un Mundo Real

Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos, extranjeros dispersos... según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser redimidos por su sangre. 1 Pedro 1.1-2

Todos tenemos crisis en nuestra fe. Todos llegamos a pensar que Dios no está de nuestro lado, que se ha olvidado de nosotros o que simplemente no escucha nuestras oraciones. ¿Por qué tantos cristianos luchan con su fe? ¿Por qué tantas personas viven sin esperanza? Es aquí donde el misterio de la fe en Dios es aún más importante: La fe define la realidad de Dios para nosotros.

Los cristianos—la mayoría de ellos nuevos—sufrían una terrible persecución cuando Pedro les escribe estas palabras. Estaban siendo dispersados por el imperio habiendo perdido su seguridad, sus pertenencias y muchos hasta su vida. La realidad era tan pesada que amenazaba con eclipsar las promesas de Dios.

Pedro les recuerda que son extranjeros pero son también los elegidos de Dios. Ser elegidos es el privilegio más grande; ser extranjeros dispersos es la categoría más baja. Y esta es la característica que define a los hijos de Dios. Vivimos en un mundo de pruebas, luchamos con la enfermedad, batallamos con los problemas, experimentamos el dolor... pero hay en medio de esta realidad innegable una realidad mayor que tiene preeminencia sobre todas: Somos los escogidos del Padre.

Los que tenemos fe en Dios somos, como dice el apóstol Pablo, vasijas de barro donde reside el tesoro del poder de Dios. Así es que la próxima vez que las dudas te acosen, que la realidad de este mundo te golpee de frente, que las pruebas quieran ahogar tu fe, recuerda Quién te ha llamado. Recuerda que pudieras ser como un extranjero en este mundo, pero a la vez eres un elegido de Dios.